Vas a ser mamá

Este día tenía que llegar. Tenía esta entrada en la recámara, dudando de ella por ser demasiado sentimentaloide. Lo he estado aplazando pero hasta aquí hemos llegado. Y de hoy no pasa. Hoy voy a hablaros de mi abuela.

Por esas cosas que tiene la vida, mi mamá nos dejó, después de una larga enfermedad, cuando yo tenía apenas 9 años. Y de ahí nos criaron a mi hermana y a mí, mi padre y mi abuela materna. Tengo muchos y buenos recuerdos de mi madre, pero éstos son desde la perspectiva de hija, y de la niñez. En cambio con mi abuela he empezado a empatizar y a comprender muchas cosas. Pero he tenido que convertirme en madre para poder hacerlo.

Mi abuela.

Mi abuela tuvo a mi madre a principios de los cincuenta, en su casa; en su cama. Ahora vuelven a estar a la orden del día los partos en casa, pero no es lo mismo. Antes no se tenía elección. En todo el embarazo sólo le hicieron una analítica de sangre… y para de contar. No había tests de embarazo, ni nociones de toxoplasmosis, ecógrafos, ropa premamá, Test de O’Sullivan, clases preparto, ni ejercicios de kegel, cosméticos antiestrías, ni Epidural…

Cuando mi abuela se quedó embarazada, se estilaba tejer a mano la ropita del bebé. Con lana tipo perlé. En colores neutros. Y se heredaban faldones. Sí, sí faldones largos, llenos de lazos y puntillas…Y nada de ¿y que va ser, niño o niña? Se solía preguntar más bien ¿Y que preferirías: niño o niña?
Nada de libros ni apps de Tu embarazo mes a mes. En aquel entonces sólo había boca a boca y creencias populares. De ahí las leyendas urbanas tipo si tienes acidez, va a ser peludo. Si tienes la barriga picuda va a ser niño.

ser madre

Cuando mi abuela presentó síntomas de ponerse de parto, una vecina le recomendó que se hiciera una infusión con unas hierbas (ahora no recuerdo cuáles) y que se sentara en una silla, sin ropa interior con la olla debajo y los vapores emanando hacia sus partes. Se supone que el objetivo de dicha pócima era dilatar más rápidamente. La pobre de mi abuela le hizo caso y, nunca sabremos si fue cosa del brebaje o no, pero tuvo un parto complicado, con un gran desgarro y mucha sangre. Eso sí, ella siempre lo achacó a ese consejo.

Cuando mi madre nació, la única comadrona que había en el pueblo, estaba atendiendo otro parto. Así que recibieron al bebé mi bisabuela y una tía. El padre de la criatura, mi abuelo, al margen, que eso no eran menesteres de hombre. Después se pasó el médico por casa, para coser el desgarro. ¡Y le dio los puntos encima de la mesa de la cocina! Ni perneras, ni autoclave. En la cocina. Con una olla de agua hirviendo y toallas limpias.

En los años cincuenta se daba teta. Y te tenía que ir bien. No había leche de fórmula. Aunque también había mamás que tenían problemas con la lactancia. Las alternativas eran :
a) Que otra mamá lactante se apiadara de tu bebé y le diera pecho también (así lo hizo mi otra abuela con un niño del pueblo, le daba pecho a mi padre y a ese bebé a la vez)
b) La leche de cabra, ya que era más económico tener una cabra en el patio de casa que no mantener una vaca. Aunque eso no todo el mundo se lo podía permitir en aquella época.
c) La leche condensada. Criar a un bebé con biberones de leche condensada diluida en agua.

Dar el pecho.

La abuela le dio pecho a mi madre hasta que vio que la pequeña tenía curiosidad por lo que ellos comían. Entonces, como por aquel entonces aún no eran comunes las papillas Nestlé, le empezó a hacer papillas de arroz. Con agua del mismo hervirlo y un poco de arroz machacado con un tenedor. Lo aprendió de su madre, quien también lo hacía con ella. Mi bisabuela no lo sabía, pero puede que fuera la inventora de las papillas sin gluten para bebés. Optó por este cereal, porque ya era sabido que la harina común (la de trigo), en bebés tan pequeños, no siempre era digestiva. Después combinó la alimentación complementaria con leche materna hasta que mi madre tuvo más de un año. Y nunca nadie le dijo: ¡tan grande y con teta!

Recientemente le pregunté a mi abuela que cuando pasó a mi madre a su propia habitación. ¡Cuando ella me lo pidió! fue la respuesta que me dio y da para mucha reflexión ¿No creéis?
Como veis, no había pediatras que defendieran a ultranza la crianza con apego, esta simplemente fluía. Por cierto, os recomiendo este post de mi paisana Y de repente somos tres. Donde ilustra muy bien la situación de los manuales de crianza versus el instinto.

Pero con lo que más empatizo respecto a mi abuela es con la sobreprotección. Tal vez fuera exagerada. Sí. Toda la vida le he reprochado su extrema precaución ¿A dónde vas? ¿Con quien vas? ¿A qué hora vas a volver? ¿Vendrás para la cena? ¿Sales así? Pero si va a llover. Tápate. Y sólo ahora entiendo ese instinto, que te sale de dentro para proteger a un hijo. Esa chispa que te hace despertar en medio de la noche y comprobar que todo esté bien.

La actualidad y el parto.

Recientemente he estado dándole muchas vueltas al tipo de maternidad que vivió mi abuela. Y a la que vivimos nosotras, las madres 2.0 hoy en día. Y he llegado a estas conclusiones:

Seguimos teniendo las mismas incertidumbres ante el parto, independientemente de los avances médicos y tecnológicos.
Seguimos teniendo las mismas preocupaciones: alimentación, educación y crianza de nuestros hijos.
Nos seguimos esforzando por dar lo mejor de nosotras a nuestros bebés. Amor incondicional y cariño infinito. Un beso de buenas noches a la hora de arropar, siempre ha sido igual, independientemente de la época en que nos encontremos.
Mantenemos el mismo instinto, nos dejamos llevar por nuestra intuición. Nunca pensé que yo sería capaz de diferenciar los llantos de un bebé. Pero, no se cómo, lo hago. Y si eso no es instinto ya me diréis qué es, porque esto no lo enseñan en la escuela de padres.

Mirando a mi hija dormir, por un momento he intentado visualizarla a ella, el día de mañana, explicándole a su nieta, tal cómo hizo mi abuela conmigo, que si todas las mujeres de la historia han podido parir, ¿Por qué tu no vas a poder, hija mía? Y es que la esencia de la maternidad, se mantiene intacta con el paso del tiempo.

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